Que ardan los peluches. Cine de amor.

Se dice que los temas de todas las historias se pueden contar con los dedos de una mano. El amor, la vida, la muerte. Esos tres grandes pilares sostienen toda la narrativa del universo. Si nos ponemos súper sintéticos, es cierto que se puede englobar todo en una gran bolsa, pero la magia de una historia, ya desde la época de las cavernas, no está en la síntesis temática sino en la diversidad de los detalles.

Dicho esto, la inmensa mayoría de las películas son o bien de amor así puro y duro, o bien contienen una historia de amor. Es casi inevitable. El amor mueve al mundo. A partir de ahí, sus miles de variantes: amor no correspondido, la búsqueda del amor, amor venenoso, amor idiota, amor romántico, etc., etc.

Un problema del amor en el cine, es lo que la gente llama «películas de amor». Ese término, además del consabido lugar común de llegar a la fórmula totalmente equivocada de: peli de amor = peli de tías = coñazo, es una trampa. Una película de amor puede ser absolutamente diferente de otra, porque el amor no es un género, es un tema. No sólo hay comedia de amor y drama de amor, también hay thriller de amor (El Secreto de sus Ojos), comic y aventuras de amor (Scott Pilgrim contra el mundo), terror de amor (Drácula), ciencia ficción de amor (Starman). O sea, que decir que una película es de amor es básicamente tan amplio como decir que es una película donde hay personas.

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Sin embargo, creo que el cine ha dado a la humanidad muchas de las historias de amor más hermosas de la narrativa. Cuando digo hermoso, me refiero a que nos llega a la sensibilidad, al corazón, nos hace reflexionar, nos conmueve. Con eso estoy descartando de cuajo la sensiblería, el efectismo y la conclusión teledirigida de películas como mi odiada Pretty Woman y otras tantas comedias románticas idiotas.

Para comedia romántica inteligente me quedo, por ejemplo, con Alta Fidelidad, Cuando Harry encontró a Sally, o casi todas las de Woody Allen. Porque una gran historia de amor, que además haga reír, no tiene que ser la fórmula «chica encuentra príncipe guapo y millonario». Tampoco tiene por qué ser «mil obstáculos imaginarios que tengo que sortear para enamorarme de la persona que estuvo todo el rato a mi lado», si la tenías al lado y no te movía un pelo, por algo será, ¿no? Muchísimo menos es indispensable un beso final para tener un final feliz, ¿quién se atreve a decir que Annie Hall termina mal?

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Lamentablemente, y gracias entre otras cosas al mundo consumista, asociamos el amor y el romance con ositos de peluche rosados y piruletas con forma de corazón. El paisaje romántico suele ser una playa o una ciudad de ensueño, hoteles o casas lujosas, ropa estupenda y gente guapísima. De hecho, el cine utiliza estas empalagosas fórmulas en películas golosina todos los años para crear bodrios románticos. Por algo surgió en su momento el término «cine de teléfono blanco».

Afortunadamente, por otro lado, el amor no es de color rosa. Tiene mil colores y algunos son muy oscuros. Como el frío azul que tiñe las imágenes de Olvídate de mi (Eternal Sunshine of the Spotless Mind), una gran película de amor. Tampoco el paisaje tiene que ser de ensueño, puede haber mucha belleza cinematográfica en las chabolas de la India de Slumdog Millionaire, otra hermosa historia de amor.

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El amor no tiene que ser sólo de reír o de lágrima fácil. También está el amor que, aunque el protagonista intenta evitar a toda costa, termina apoderándose de él y llevándolo a la muerte, como en Las Amistades Peligrosas. O el amor incondicional de Mathilde en Largo Domingo de Noviazgo, buscando incansablemente a Manech y encontrándose en el camino con otras historias de amor, no tan puras como la suya.

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Incluso en las películas de acción, las buenas al menos, lo que moviliza a los personajes es la historias de amor. En las dos primeras Jungla de Cristal (Die Hard, por favor), John MacClane hace todo por su mujer. En Matrix, Neo y Trinity están predestinados por el Oráculo. En Kill Bill, todo se genera a partir de un ex novio muy jodido al que ella sigue queriendo aunque también lo quiera matar. Y Terminator es un puto culebrón en el que la Celestina de turno es nada menos que el hijo de los protagonistas ¡desde el futuro!

En definitiva, si este San Valentín queremos festejar viendo una película de amor, no hace falta limitarse a la sección «comedias infumables protagonizadas por Julia Roberts». El videoclub, Internet, el cine y cualquier otra manera de ver películas nos da muchísimas más opciones para ver una buena historia de amor.

Hagamos una hoguera imaginaria con peluches, rosas rojas, cajas de bombones y colgantes con forma de corazón, y disfrutemos de una buena película de amor, que nos haga reír, o que nos haga llorar, o que nos haga sentir lo que sea. Pero sobre todo, que no nos lobotomice.

Inés González