Ese amigo de otro mundo

Había una vez una niña de diez años que fue a ver una película al cine de su barrio. La película se llamaba E.T. el extraterrestre. Aunque ella era pequeña, sabía que su director era Steven Spielberg, de quien había visto otras películas, como Tiburón y Los cazadores del arca perdida,  y al que sus padres consideraban un gran director. Se apagaron las luces y, como siempre, sintió mariposas en el estómago y su corazón comenzó a latir con mucha fuerza. Se encendió el proyector y comenzó la historia.

Pronto comprendió que esta no era una película más, era algo especial. A medida que avanzaba, se perdía más y más en el cuento, hasta que en un momento le pasó algo que nunca le había pasado antes viendo una película: lloró. Lloró por un extraterrestre bajito, marrón, con ojos inmensos y por el niño que era su mejor amigo. Lloró porque los dos estaban enfermos y se podían morir. Y después lloró otra vez, porque de repente unas bicicletas comenzaron a volar muy alto, por delante de la luna llena.

ET Moon

Pasó el tiempo, la niña se hizo adolescente y después adulta. Durante toda su vida, cada vez que había una película de ese director en el cine, ella iba a verla.

Una y otra vez volvió a conmoverse con historias de todo tipo: Una mujer que sobrevive a su marido maltratador en un país poco amigo de los negros. Un niño separado de sus padres durante la guerra, en un campo de prisioneros japonés. Un parque maravilloso en el que los dinosaurios conviven con los humanos. Un hombre que tuvo la valentía de salvar a un grupo de judíos cuando eran perseguidos. Un grupo de soldados que buscan a otro para devolverlo a su madre. Un niño robot con un corazón tan grande como del de  uno de carne y hueso. Un policía acusado de un crimen que aún no ha cometido. Un padre que trata de salvar a su familia durante una terrible invasión extraterrestre. Un falsificador carismático y el policía que no logra atraparlo. Un abogado que defiende a un espía de un país enemigo.

Y cada una era especial, una obra de arte. Parecía casi increíble que el mismo hombre pudiera hacer tantas películas buenas. Aunque hubiera otras que no le gustaron tanto, era innegable que Steven Spielberg era uno de los más grandes directores de la historia del cine.

ET3
Pasaron muchos años desde esa tarde en la que había visto E.T. en el cine del barrio.

Estamos en el presente. La niña es mayor y tiene una hija de diez años y otra de seis. Una vez más se estrena en el cine otra película de Steven Spielberg, basada en una novela de Roald Dahl, uno de los escritores favoritos de su hija. El guión es de Melissa Mathison, la misma escritora de E.T., su último guión antes de morir y a quien está dedicada la película.

Se sienta en la butaca del cine junto con su familia. Se apagan las luces y aunque ya no le pasa siempre, su corazón late con fuerza. Se enciende el proyector y no puede evitar sonreír cuando ve el logo de Amblin, Elliot llevando a E.T. en su bicicleta voladora. Comienza la historia.

BFG1

Una vez más un niño, bueno esta vez una niña llamada Sophie, conoce a un ser de otro mundo. No viene del espacio, y no es bajito. De hecho, es enorme. Es un gigante. Pero un gigante bueno, que se niega a comer niños como hacen los demás gigantes. No se quedan todo el tiempo en el mundo de la niña, se la lleva al suyo para que conozca los secretos del país de los gigantes. Un país en el que él es un marginado porque no hace lo que hacen los demás. Juntos tendrán aventuras y se ayudarán mutuamente. El trabajo del gigante, curiosamente, es el mismo de Spielberg, Mathison y Dahl, darles sueños a los humanos.

Spielberg sabe que una historia se compone de detalles, desde los pequeños como Sophie arrastrando al gato con su manta, hasta los grandes como el Gigante saltando al agua del estanque del Mundo de los Sueños. Con sus aliados habituales, como Janusz Kaminski en la fotografía y John Williams en la música, Mi Amigo el Gigante es justamente lo que Roald Dahl se proponía, un cuento para aquellos que quieren creer en la magia, porque en sus palabras «aquellos que no creen en la magia, nunca la encontrarán».

BFG3

Hay un grupo de directores que infunden esa magia a sus películas. Que todavía creen en el cine que te transporta a otro mundo para hacerte sentir que todo es posible, y que ver una película es entrar en sintonía con lo más ancestral del ser humano. Un cine que conecta con nuestra necesidad irrefrenable de escuchar cuentos. Desde Georges Méliès, y pasando por muchos más, Steven Spielberg es uno de los maestros. Puede que tenga alguna película menos buena, puede que esta versión de The BFG no sea la mejor película de la historia. Pero es una película muy buena, un cuento que no me importaría que me volvieran a contar. Sólo lamento no haberla visto en versión original para oír la voz de Mark Rylance y disfrutar de los juegos de palabras de Roald Dahl y la peculiar forma de hablar del Gigante que reproduce Melissa Mathison. Lo haré en futuros visionados.

Por supuesto, seguiré viendo todas y cada una de las películas que dirija Steven Spielberg. Él sí que es un gigante.

Y así acaba esta historia.

Inés González.

 

 

 

2 Comment

  1. maria says:

    Maria ines, que cierto es que «…aquellos que no creen en la magia nunca la encontrarán..»

    1. M. Inés González says:

      Totalmente. Una de mis frases favoritas de Dahl.

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